Revista Farmacéuticos - Nº 129 - Abril-Junio 2017 - page 29

bía engranado las noches y desengranado los días du-
rante los últimos sesenta y tres abriles (un corazón
siempre prefiere hablar de abriles, no de años, por la
satisfacción que supone atravesar como un marinero
experimentado el mar de los Sargazos de cada invier-
no y regresar a puerto sano y salvo).
Tendido sobre la cama, Rodrigo parecía uno de los
apóstoles durmientes de El Greco en
La Oración en el
huerto
. Su figura se alargaba en la extensión de su ho-
rizontalidad, prolongándose más allá de sus 180 cen-
tímetros; su rostro reflejaba la incertidumbre de lo in-
mediato por venir; su mirada, la hondura de quien sabe
que la muerte llega a veces con disfraces que no co-
nocemos, y en el azogue de su cuerpo, se intuía la ten-
sión del alma de quien vive ya envuelto en una suce-
sión de sombras. Pero, lejos de dormir como los
discípulos, Rodrigo velaba como el maestro. Contem-
plaba la suprema interrogación que le hablaba ante el
espejo ámbar de sus ojos como un enigma de sangre.
¿Vendría el nuevo corazón cargado de tanto coraje y
cordura como le había proporcionado Valerio?, ¿sería
capaz de hacerle recuperar las fuerzas necesarias en-
tre asalto y asalto para ganar finalmente el combate
sin tener que recurrir a otra sangre que la suya, a la
misma sangre de siempre?, ¿quién era realmente este
huérfano de ser, que buscaba refugio en su pecho?,
¿acaso no sería otro espectro forjado con las espe-
ranzas del alma? Hacía pocos minutos que sus manos
habían dejado de ser las cartas de la baraja marcadas
por la quebrada línea de vida de los últimos meses.
Ahora, en ellas no se advertía otro destino que el que
mostraba el deseo: vivir. No deseo otra cosa que vi-
da, se decía a sí mismo, mientras escuchaba en la ca-
racola de su pecho la plegaria del ciervo con el que
se había criado y había compartido todos los días de
su vida:
“¡Ah, Señor! ¡Otórgame el valor/de aceptar sin dis-
gusto/este aliento/que se va de mí!”
.
Rodrigo sabía que anatómicamente su corazón era una
banda muscular única recogida en un fuerte abrazo
sobre sí misma para proteger su intimidad, pero du-
rante mucho tiempo lo había sentido como un órga-
no físico cargado de metafísica, como la entraña en la
que se reunían todas las entrañas de su vida. Hasta
que a los treinta años tuvo que soportar las llagas del
agresivo tratamiento contra la
serpiente tumorosa que tra-
taba de cercarle la vida (“
ve-
neno contra veneno
”), Valerio
había funcionado con la pre-
cisión de un mecanismo de
relojería suiza, y logrado el
ritmo y la armonía de un Stra-
divarius. Incluso después de
ese momento, era él quien ha-
bía corrido con los mayores
riesgos, quien había bregado
sin descanso, sobrellevando
los avatares de cada día de
forma humilde y valerosa,
conservando la vida e impul-
sando su aliento. Como la
hermosa doncella de
El cantar
de los cantares
, se había pasado noches enteras velan-
do mientras Rodrigo dormía, alimentándole los sue-
ños con sangre fresca y nutritiva. Desde sus adentros
misteriosos había sido capaz de revelarle secretos, de
rebelarse, de expresarle sentimientos que las palabras
no alcanzaban a definir, de descubrirle paisajes a los
que la razón no se asomaba, de enseñarle el camino
de regreso del fin del mundo después de cada apoca-
lipsis personal. Pero, en ocasiones, ¡ay!,Valerio también
fue fruto amargo, salitre de mares embravecidos, os-
curo y húmedo sótano donde encontrar la pena. Por-
que en el jeroglífico de su ADN, en ese papiro de seis
dedos de largo por cuatro de ancho, llevaba escrita la
gran “estafa biológica” de la brevedad de la vida.
¡Cuántas veces había escuchado Rodrigo los párrafos
de su corazón!, pero qué pocas veces se había para-
do a mostrar su agradecimiento a quien había sido su
Enkidu, su Sancho, su Mairena, su confidente, ese con
el que conversar a solas y en silencio, su
condoliente
en los momentos de aflicción y desconsuelo, el bene-
volente compañero con el que compartir viaje a cual-
quier parte, el amigo dispuesto a llegar al sacrificio pa-
ra salvar su vida. Quien le había hecho tanto bien era
un ser de carne y huecos, de biología e historia, física
y química, literatura y música, recuerdo y olvido, sen-
tido y sensibilidad, pensamiento y emoción, intuición
y razonamiento
…, cardialidad
y cordialidad.
Con la hora del
Ángelus
llegó también la hora de la ver-
dad. La había estado aguardando desesperada y espe-
ranzadamente desde las últimas bocanadas del verano.
Fue por entonces cuando comenzó a notar un latir ca-
da vez más torpe y una respiración que se iba acuchi-
llando como el jadeo del fumador, a sentirse como Sí-
sifo con cada pequeño esfuerzo que hacía subiendo la
empinada cuesta abajo de cada día. Poco tiempo des-
pués, recibió la noticia de que reunía todas las condi-
ciones para un trasplante y tenía un lugar preferente en
la lista de espera que el acierto del doctor Matsan ha-
bía convertido en la lista de la esperanza para muchas
personas que ya se escuchaban morir, y para no pocas
que habían dejado marcada la página del libro que es-
taban leyendo.Ahora, Rodrigo acudía a la cita con la de-
terminación de atravesar el agujero negro del presen-
te y experimentar la pulsación de lo no vivido, para
sentir algo nuevo que desaloja-
ra de su memoria el recuerdo
de lo que sintió ayer. No tenía
la más mínima intención de de-
jar a Sherezade con la palabra
en la boca y abandonar los en-
sueños a los que le habían lleva-
do sus historias antes de llegar
a la noche que seguía a las pri-
meras mil. Sin embargo, ¡ah, sin
embargo!, qué cerca, pero tam-
bién qué lejos, estaba todo en
este momento.
Fuera del quirófano, el lento
movimiento de las agujas del
tiempo va transformando la
tarde en un desasosiego exte-
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Pliegos de Rebotica
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