Revista Farmacéuticos - Nº 125 - Abril-Junio 2016 - page 25

de corrido las andanzas
por el río, los juegos en el
entorno campesino, la casa
de mis abuelos… Ella
asentía, callada o con
monosílabos, una media
sonrisa constreñida, como
desconectada de mi
verborrea. Aquello me
produjo cierto
desasosiego que preferí
achacar a la emoción del
reencuentro.
La tarde siguiente pasé a recogerla. Me distinguió
a través del escaparate e hizo la señal de que
esperara mientras terminaba con un cliente.
Luego se encaró conmigo y me habló en tono
áspero, sin circunloquios, como fastidiada por la
escena.
—Escucha bien. Lo nuestro ha terminado. No me
llames ni me busques.Ya puedes irte por donde
has venido.
Me dejó petrificado y mudo, súbitamente
aturdido. No caí en la cuenta, hasta pasados unos
instantes, de que tenía los ojos cerrados. Al
abrirlos vi que había vuelto al mostrador y me
miraba de soslayo, incómoda y expectante. Me
alejé arrastrando los pies y desinflado el ánimo,
para acabar pasando una de las peores noches de
mi aún corta existencia.
Incapaz de soportar la quiebra afectiva, a los dos
o tres días me acerqué a la tienda para, al menos,
mirarla desde la acera de enfrente.Y allí estaba
él. En un primer momento no reparé en su
presencia, atento a Irene y sus movimientos tras
los cristales. Cuando ella se puso el chaquetón y
salió hacia quien la esperaba, pude observarlo
bien a la luz de las farolas. Un tipo trajeado de
figura filiforme y fláccida, como de invertebrado,
la melena oscura, los miembros largos, el aire de
viejo prematuro. La recibió con un beso en la
boca. Después se marcharon cogidos de la mano.
Con el alma si cabe más despellejada, en lo
sucesivo seguí merodeando como un furtivo para
espiar a Irene. Me bastaba con verla ir y venir,
descubrir su sonrisa jovial al charlar con la
clientela. Atisbé, con una recién estrenada
nostalgia, las rotundidades bajo la blusa en un
cuerpo del que poco tiempo antes había gozado.
Un día no estaba en la tienda. Tampoco los
siguientes. Por fin hice acopio de valor y
pregunté por ella a la dueña, le mentí con que
era un amigo suyo llegado de
fuera. Respondió, con una
negrura inquietante en la voz,
que había contraído una
terrible enfermedad.
No volví a verla viva, cuando
indagué de nuevo la mujer me
comunicó entre lágrimas que
Irene había fallecido.
Me informé de dónde la habían
enterrado y fui al cementerio. Al aproximarme
supe al momento cuál era su tumba, ya que de
pie, inmóvil y dándome la espalda, estaba el otro.
Más erguido de como lo recordaba, poderoso, el
cabello lacio y largo esparcido sobre los
hombros. Aspecto señorial en su conjunto. Me
detuve. Anochecía bajo una llovizna indulgente y
un cielo insípido color marengo.
Entonces fue cuando hube de admitir mi derrota
sin paliativos. Jamás había tenido la menor opción
ante un rival de esa magnitud. Todavía ignoro
cuánto rato lo observé. En silencio. Al cabo
pareció estremecerse, y en apenas unos
segundos, mientras la oscuridad arrasaba
contornos y matices, su figura tétrica se fue
fragmentando en vaporosas porciones de neblina
hasta diluirse por completo y desaparecer.
Santiago entró en el bar de la facultad cargado
con su fardo de apuntes, los dejó tirados sobre
una mesa y fue por un par de cafés. Parecía
abstraído en sus cábalas. Tras pasarme un café le
dio un sorbo al suyo. Después de chasquear la
lengua me lo dijo.
—¡Joder!, espero que no sea nada grave.
—¿Qué es lo que no ha de ser grave?
—Lo de Lucía. Acaban de contarme sus amigas
que la han ingresado. No saben qué tiene.
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