Revista Farmacéuticos - Nº 112 - Enero/Marzo 2013 - page 33

P
de Rebotica
LIEGOS
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comodidad de las respuestas sintéticas a preguntas que
finalmente acaban por no hacerse.
Es más fácil huir del
mundanal ruido que descubrir un mundanal silencio;
es más seguro seguir una senda que crearla
, dice
Raimón Panikkar
11
.
Tal como denuncia Habermas
12
,
las sociedades
industriales avanzadas parecen aproximarse a un tipo
de control del comportamiento dirigido más bien por
estímulos externos que por normas.
La actividad de las
personas en las sociedades occidentales
tecnológicamente avanzadas, incluso la ejercida
privadamente, tiende a estar tan regulada que se han
desarrollado automatismos psicológicos que suplantan
a la propia conciencia personal. En este sentido, es el
reloj –en mucha mayor medida que la máquina de
vapor o que la computadora– la máquina clave de la
moderna edad industrial. No hay ninguna otra máquina
que esté tan presente
13
; es mucho más que un simple
instrumento para medir el paso de
las horas, es el elemento esencial
para la sincronización de
las acciones de los
hombres. El reloj ha sido
y es la máquina principal
en la técnica; en
cada periodo ha
marcado una
perfección hacia
la cual aspiran
otras máquinas.
Si nos dejamos
llevar, corremos el riesgo
de que uno de nuestros
principales
logros, la
tecnología, se convierta en un
elemento dominador sobre el
propio individuo. Por ello, es
oscuro el destino de la sociedad
occidental, en su estructura actual, con un alto de nivel
de tecnología que ayuda al individuo, pero que coarta
su libertad hasta convertirle prácticamente en un
esclavo, en un eslabón de la gran máquina. Una
tecnología que sirve para salvar vidas, pero también
para acabar con ellas; que permite un control absoluto
sobre los movimientos de las personas y hasta de sus
conversaciones y escritos. Hemos pasado de una
sociedad de amos y esclavos a una sociedad donde
aparentemente el hombre es libre, pero solo
formalmente. El hombre acaba decidiendo libremente
que no quiere ser libre, que no quiere ejercitar su
libertad individual. Y la libertad individual acaba
anquilosándose a fuerza de no ser utilizada. Esto crea
una tendencia social donde la libertad se convierte en
sospechosa, se desconfía de ella y de los que mantienen
su ejercicio.
Los riesgos derivados de una dependencia absoluta
de la tecnología por parte de la sociedad han sido
puestos de manifiesto desde hace tiempo por
numerosos sociólogos y filósofos. Entre ellos, quizás
haya sido Herbert Marcuse
14
uno de los que más
énfasis ha puesto en esta cuestión, al afirmar que
la
producción y la distribución de una cantidad cada vez
mayor de bienes y servicios hacen de la sumisión una
actitud tecnológica racional
, hasta el punto de que las
personas se reconocen en sus pertenencias materiales,
encontrando su alma en su automóvil o en su casa. De
ahí que, para Marcuse, el control social de la
tecnología se haya incrustado en las nuevas
necesidades que la propia tecnología ha producido,
produciendo una cierta forma de
conciencia feliz
conformista.
Contra esta forma específica de dominación, en
algún sentido autoimpuesta, poco podemos esperar de
una cierta concepción de la
democracia que, como
indica el propio
Marcuse,
consolida la
dominación más
firmemente que el
absolutismo
. El
progreso técnico,
cuando se convierte
en un sistema
coordinado de dominación,
es capaz de crear formas de
poder que anulan toda
protesta; y todo ello,
paradójicamente, bajo el
argumento de una
liberación. En
realidad, cualquier
liberación requiere
la toma de conciencia
de las servidumbres a las
que cada uno de nosotros
estamos sometidos. Y, precisamente,
el surgimiento de
esta conciencia se ve estorbado siempre por el
predominio de necesidades y satisfacciones que, en
grado sumo, se han convertido en propias del individuo.
Así pues, ¿no queda esperanza para
esta sociedad
que convierte todo lo que toca en una fuente potencial
de progreso y explotación, de cansancio y satisfacción,
de libertad y de opresión?
Yo creo que sí hay espacio
para la esperanza de poder cambiar esta sociedad
tecnológica automutilante de sus libertades; al fin y al
cabo, la tecnología no solo es una causa sino que
también es un efecto. Si el sentido de la política es la
libertad, es en la sociedad donde podremos ser libres y
no hay mejor manera de serlo que a través de nuestra
inteligencia.
Pensar, esa es la cuestión.
11
Raimón Panikkar.
El mundanal silencio. Martínez Roca, 1999.
12
Jürgen Habermas.
Ciencia y técnica como “ideología”. Tecnos, 1997.
13
Lewis Mumford.
Técnica y civilización. Altaya, 1998.
14
Herbert Marcuse.
El hombre unidimensial. Ariel, 1998.
LA REALIDAD BAJO LA ALFOMBRA
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