Revista Farmacéuticos - Nº 127 - Octubre/Diciembre 2016 - page 3

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stoy segura.Alguien, aprovechando
maliciosamente mi incapacidad de controlar el
tiempo me está robando semanas. Incluso meses.
No es posible que ya hayan pasado trescientos
sesenta y cinco días desde las anteriores fiestas
de Navidad. El caso es que haciendo memoria,
reflexionando y yendo hacia atrás en ese espacio ambiguo
pero inexorable que es el tiempo, he llegado a la antigua
Roma, a sus fiestas de Saturnalia que se celebraba en estas
mismas fechas, con su liberadora costumbre. El primero
de esos siete días, la plebe, hirviente, aguardaba
impacientemente en el Foro la puesta del sol y con ello el
comienzo de las saturnales. En ellas, el orden social se
resquebraja, se rompe durante una semana. Las costumbres sucumben, las condiciones civiles se
invierten y son derogados temporalmente los duros preceptos de la seca legislación decenviral.
Porque cuando el sol comienza a caer y a ponerse rojo, cuando las soberbias columnas del Foro, los
arcos de triunfo, las columnas rostrales, los palacios y templos que allí se asientan acentúan su perfil
entre las sombras, un pontífice de vestidura alba sale del templo de Saturno, el más respetado que
cualquier otro porque es el arca santa del Tesoro público. Solemne, consciente de su dignidad, de su
importancia total en ese momento, baja la impresionante escalera y se detiene. El silencio es
impecable y todas las miradas se prenden en sus labios hasta que él alza sus brazos sobre la plebe y
grita con voz estentórea:
!SATURNALES! !SATURNALES!
Un alegre rugido acoge aquella redentora voz de libertad y el pueblo se desborda como un rio
imparable gritando:
!IOSATURNALE!
y libre y feliz corre a alborotar como si no hubiera un mañana.
Embriagado de libertad, se apresura a embriagarse también de alcohol llevando alegremente en la
cabeza el gorro de los manumitidos. Manumisión tan solo temporal pero, precisamente por eso,
intensa. Se sientan a la mesa de sus amos y son estos los que les sirven comida y vino. Sus hombros
habitualmente agobiados por el trabajo y el castigo llevan ahora la toga pretexta y sus dueños les
visten y obeceden. Son ahora los patricios los que con buen humor toman los bajos enseres, los
menesteres serviles del esclavo mientras ellos se sientan en las sillas curules y afirman bromeando:
Cives romanus sum... Cives romanus sum
...
Comilonas interminables de menús estrambóticos, durante las cuales el rey del festín, elegido entre
los esclavos más humildes, manda despóticamente sobre sus compañeros y sus amos. Estos,
coronan de rosas a sus siervos y llenan sus copas de los vinos más caros. El esclavo de un orador
imita a su amo ridiculizándole, el de un magistrado administra cómicamente justicia, el de un
filósofo remeda con sus amigos la peripatética y larga conversación de su amo.
Se intercambian regalos. El trabajo
cesa. Se prohíben todas las
ejecuciones. Se suspenden las guerras.
Las deudas son condonadas.
Ah! Roma. Imperial. Grandiosa.
Terrible. Extraordinaria.Asombrosa.
Desmesurada Roma.
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Margarita Arroyo
Pliegos de Rebotica
´2016
CARTA DE LA DIRECTORA
¿
Pero ya es otra vez
navidad
?
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