Revista Farmacéuticos - Nº 128 - Enero-Marzo 2017 - page 3

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n una historia cultural tan variada y espléndida como la de
nuestra lengua, es frecuente que se cumpla el centenario de uno
o varios grandes escritores. Sucedió el año pasado y vuelve a
ocurrir en el que nos hallamos. Una de estas efemérides
corresponde a Azorín y sobre él aparecerán artículos en el
próximo número de Pliegos. Confieso mi debilidad por este prolífico autor
que me ha dado muchas horas inolvidables a través de sus libros.Y así
mismo confieso mi tendencia a disfrutar de la belleza en cualquiera de sus
manifestaciones, especialmente la que se refiere a la naturaleza y esa es una
de las causas de mi devoción por él.
A partir de la Generación del 98 y más tarde la del 27, autores como
Dámaso Alonso o Azorín, nos presentan la realidad como dice aquel verso
famoso:
mundo abreviado, renovado y puro
.Así Azorín, con su prosa escueta y
limpia, además de su sabia descripción del ser humano, nos invita a ver en
sus escritos como una fascinante aventura, el gran regalo que nos hace la
naturaleza dando a la literatura y por lo tanto a nuestra visión de la vida un
contenido estético que en las obras literarias anteriores no encontrábamos.
Realiza sus descripciones de paisajes con un lenguaje exacto, preciso, bello y tan vivo que,
siguiéndolo, somos capaces de reconocer luego territorios, personalizándolos, recreando sus
matices y momentos del día en el que el cielo en ese lugar alcanza determinados tonos y texturas.
Recuperamos la ruta de sus huellas al ubicarnos ante el paisaje que nos describió o simplemente
creamos el nuestro propio al compás de sus palabras intensamente descriptivas.
Algo similar sucede con Dámaso Alonso que, aún en los momentos de tensión era capaz de
disfrutar de la belleza que le rodeaba.Y he aquí una muestra de ello y de su bella capacidad
descriptiva cuando habla, no de ficción, sino de un momento vivido por él mismo.
“Volábamos ya muy cerca de Chicago. De repente, la nube de luz triste dentro de la que llevábamos
tantos angustiados minutos, se rasgó y un destello blanquísimo, hiriente, penetró en la cabina. ¡Qué
portento! A la izquierda del avión, muy cerca, un inmenso plano blanco, liso, de un blanco increíble,
un inmenso cúmulo rebanado, de corte limpio y vertical, por un capricho de la tormenta, una
inmensa muralla de mármol, con una altura de muchos cientos de metros.Todo lo demás, sólo un
cielo sin mácula, del azul más intenso. El mundo, mi mundo en aquel instante, era eso sólo: una
muralla blanca y un azul sin límites. No me pude reprimir y le pegué un codazo al desconocido
viajero que a mi lado estaba sumergido en una revista: –¡Oh, mire, mire! Me contempló atónito sin
comprender y luego miró hacia fuera. –O, yes –dijo–.Y se volvió a sumir en su Life.”
Imagino la mezcla de perplejidad y pena que debió de sentir hacia alguien que perdía de una
manera tan banal, tan inútil, tan mezquina, tal fascinante momento. Aquel hombre, inmerso en
la revista, estaba tristemente ciego aunque sus ojos vieran. Por propia voluntad renunciaba a
una de las emociones más bellas. Malgastaba una riqueza que no volvería a encontrar, de la
que no volvería a ser protagonista porque cada instante de la vida es irrepetible.
Azorín poseía el don de mirar con los ojos, con la sensibilidad, con el corazón, pero también
con la inteligencia y la sabiduría de la palabra justa en el lugar perfecto.Y por eso sus
descripciones no son una fotografía, sino un cuadro impregnado del hálito de su autor que, a
través de su capacidad creadora, posee el arte de dar un contenido estético a la vida.
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Margarita Arroyo
Pliegos de Rebotica
´2017
CARTA DE LA DIRECTORA
Azorín o
La riqueza contemplativa
Retrato de Azorín
por Ramón Casas (MNAC)
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