Revista Pliegos de Rebotica - Nº 142- julio/septiembre 2020

``````` Muchos veranos han pasado ya desde aquella tarde. Él ya no está aquí para indicarle nada, y hace tiempo que ella tiene que conformarse con seguir aprendiendo de la generosidad de su rastro. Hace más de 20 años que no se sube a un caballo, y tampoco lo añora. Pero las huellas que se adquieren tempranas son profundas y es difícil no caminar valiéndose de ellas. La ciudad es otra; Madrid quedó atrás, y en ésta es fácil cruzarse con coches de caballos. A ella no le gustan. De hecho detesta ver caballos ejerciendo las funciones de esclavos. Sabe de sus ganas de correr, ser libres, agradecer una caricia y mostrar afinidad por algunas personas. Pero de hecho esos enganches anacrónicos están ahí, en una fila paciente, recreando día tras día un espectáculo poco acorde con el siglo XXI. No es la primera vez que siente la tentación de hacerlo. Hoy tiene tiempo. Quedan 30 minutos para la clase de fotografía. Abre la mochila y extrae de ella la cámara. Adapta las condiciones a la luz del momento y rodea la entrada del parking hasta tener en el punto de mira la fila de coches con sus respectivos caballos. Analiza y decide unas cuantas tomas de posible interés. Cuando se le acaban las ideas camina hacia el caballo que encabeza la fila, un tordo de alzada media, con crines generosas y aparentemente bien cuidado. –¿Le importa si acaricio un momento su caballo? –se dirige Teresa al primer cochero, un hombretón de tez morena. En la mirada del hombre es fácil apreciar que la sorpresa supera a la desconfianza. –Sí, pero no me lo asuste… Teresa se coloca frente al animal. Sabe que con la protección lateral que tiene la cabezada a la altura de los ojos no pueda verla de otro modo. Deja que él la reconozca. Mirada contra mirada, acerca lentamente la palma abierta de su mano derecha a la cabeza del caballo. La desliza con suavidad por la zona frontal libre de correaje y con la izquierda duplica la caricia sobre el cuello. A la tercera pasada de la piel humana, el animal parece asentir a la calidez del contacto. El olor del pelaje, tan familiar para ella, ennoblece más si cabe los instantes de retorno a su pasado. Esa perfecta comunicación dura apenas un minuto pero ella cree estar viviendo un momento mágico que nada podría ya eclipsar. Indiferente a la más que probable vigilancia del cochero, intensifica levemente la fuerza de las últimas palmaditas y fija por última vez la mirada en la del caballo mientras se va separando de él. –Muchas gracias y cuídelo mucho –le pide al cochero y se dispone a cruzar la calle aprovechando que el semáforo de peatones está en verde. Camina sin mirar atrás. Prefiere recordar aquel adiós mudo sin otra connotación que la mirada del caballo fija en ella por última vez. A punto de llegar a la mitad de los 12 rectángulos blancos que cruzan la avenida, se concentra en buscar una posición cómoda para la cámara que lleva colgada. Hay coches girando hacia ella desde la calle que baja a su derecha. –¡Señora! ¡Señora, pare! ¡Señora, que mi caballo se va detrás de Ud.! Es la confluencia de miradas de los transeúntes lo que la hace reaccionar y darse cuenta de que algo pasa a su espalda. Al volverse, una sonrisa de comprensión sustituye a su asombro inicial. El caballo que creía haber dejado atrás está ahí, a pocos pasos de ella. Seguramente ha sido el descuido del cochero con el freno lo que ha permitido que se alejara más de 20 metros de la zona de espera. O seguramente ha sido el genuino deseo del animal de decidir por sí mismo. O sencillamente el reconocimiento en ella de la firmeza y la sensibilidad que su padre le pidió aprender muchos años atrás. n 15 Pliegos de Rebotica 2020

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