Revista Pliegos de Rebotica - Nº 144 - Enero/Marzo

25 Pliegos de Rebotica 2021 S Rafael Borrás S i hoy puedo escribir con serenidad sobre lo ocurrido es porque ya no me desazona. Al comprenderlo lo asumí como un suceso inevitable. Mi repentino viaje, la actitud de inconsciencia febril y el sinsentido común cambiaron mi futuro. Lorenzo nunca sabrá la dimensión del expolio que sufrí cuando él, junto con lo que nos rodeaba, me fue arrebatado en el camino hacia un porvenir insólito. Todo empezó en Benarés, donde llegué con el alma tan hueca como los espacios entre las estrellas. Ajeno al tumulto de una calle por cuyo eje discurría un reguero de agua infecta, el indio del tenderete repasó con la navaja la cabeza de la niña según el sacramento hindú de Chudakarana. Había indultado en el cogote un mechón de cabellos muy negros. Después de romper así las amarras de otras reencarnaciones, devolvió la niña a su madre y me preguntó en un inglés voluntarioso, desde detrás del mostrador, qué deseaba. Era un hombre nervudo de presencia campesina y juvenil, con una mata frondosa de pelo que se encrespada en diversas direcciones y una sonrisa espontánea que destapaba una dentadura perfecta y luminosa. Le compré un ajedrez de falso marfil con algunos de sus dioses como piezas del tablero, frascos coloreados de esencias y un manojo de sahumerios. En agradecimiento por mi poca afición al regateo me invitó a probar el fenny.Varias pruebas. Más de las razonables. Esa noche dormí con aquel indio sobre el camastro de su cabaña cubierto por una mosquitera de tul. Entre sus brazos subí y bajé en un tiovivo sensorial bajo el perfume almizclado de los bálsamos que almacenaba en la trastienda y el olor a cuero y madera de cedro barnizada. Al despertarme, temprano, me sentí rara, como si en mi interior hubiera traspasado alguna frontera intangible. Lógico, pensé, estaba sola en la India y era mi primer cambio clandestino de orquesta y partitura. Las demás noches también compartí el lecho de Ranjiv. Durante el día, con estoica parsimonia, me fue enseñando la ciudad sagrada y los rudimentos del idioma hindi de los varanasis. Reconozco que aquello fue una locura. Pero me faltaba el aire, me asfixiaba la casa, el trabajo, la rutina plomiza, la infausta figuración de que un día no muy lejano a Lorenzo dejaría de gustarle la eterna candidata fallida a la talla treinta y ocho. Pero si digo que fue una locura, también que no eludí calcular riesgos. Aposté con cartas marcadas, con premeditación y red: mi amiga Inés me cubriría en el engaño. Le mentí a Lorenzo con el cuento de que la agencia me había encargado acompañar como guía un viaje de jubilados por la India. Las primeras señales se dieron el mismo mes de mi regreso. Cuando rebuscaba complementos en el joyero tropecé con un estuche que contenía un juego de pendientes y gargantilla de fantasía. No los recordaba y supuse con la mejor fe que Lorenzo habría querido sorprenderme con un regalo. Mi marido trabajaba –supongo que sigue trabajando– como diseñador gráfico de publicidad y páginas web para empresas. Prácticamente toda la jornada delante del ordenador, en el despacho de la buhardilla. Cuando subí a preguntarle me respondió, sin apenas separar la vista de la pantalla, que ni idea del estuche. Luego me miró de reojo con extrañeza e insistió en la negativa con un tono de sincero Chudakarana

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