Revista Pliegos de Rebotica - Nº 141- abril-junio 2020

E E l hombre rescata una copa de la caja, sacude el material de relleno que acompaña el embalaje y coloca la pieza de cristal frente a la joven. Estudia el encuadre y positiviza en la mente la imagen, como si ya hubiera revelado la foto. En el centro del taller, una mesa, y delante de las cámaras una modelo.Y en segundo plano, una copa alta y sucia de serrín, sin lavar aún. Seca, vacía, todavía virgen. La modelo usa gafas oscuras, tipo aviador. El fotógrafo asiente con la cabeza. Es probable que utilice esta composición como punto de partida para la campaña publicitaria. —Háblame de ti,Abril —la joven del anuncio sostiene el cristal con la expresión concentrada en la copa, como si examinara su infinito vacío. Una auténtica fantasía en el visor de la cámara. El fotógrafo observa cómo su modelo de catálogo se lleva a la boca el vaso en busca de un sorbo. Un vaso carente de contenido, cuyo interior no desprende más aroma que el del poliexpan del embalaje. La muchacha de las gafas oscuras desiste y abandona contrariada la copa–. Porque tu nombre es Abril, ¿no es cierto? Hija de inmigrantes, la chica del spot ha heredado un bronceado uniforme hasta más allá de temporada, la infinita esbeltez de su madre y una entrega especial para el trabajo.Y declara que en su familia desconocen la cultura del vino; aunque eso no quita que ella lo pruebe en ocasiones.Y en efecto, sí, se llama Abril y fue a nacer al sur de Argel, con el desierto como fondo del paisaje. De bucles endrinos, casi alquitranados, pestañas en abanico y unos ojos nublados que no le han permitido conocer el sol. —Y bien,Abril, cuéntame: ¿cuándo fue tu primera copa? —por una vez en mucho tiempo, alguien le abre las puertas de la memoria a la protagonista del anuncio.A la primera modelo invidente de pasarela, a la joven de vestir alegre y arriesgado, a ella, a quien nunca importaron los brutales comentarios que le llovían por la calle, a la nómada del vaso vacío no se le borra de la cara un insospechado punto de desconcierto—. ¿Qué recuerdas de aquella vez? Aquella copa prohibida en la oscuridad de la ceguera. Su primera vez.Todas las primeras veces pertenecen al patrimonio privado.A su primera copa la cela el duendecillo del vino espumoso que se le ha instalado a Abril en la cabeza.Y por más que la modelo se esfuerza en recordar, no lo consigue. Una burbuja de amnesia emborrona su mente. En cambio, del último fin de semana aún persiste en ella ese fuego sagrado que enciende la bebida. Del último, del penúltimo, del antepenúltimo. Otros lugares muy alejados de aquella primera vez. Otros lugares y otras personas y el recuerdo de un cava en copas largas y finas, como doradas flores de cristal. Una botella junto a sendas copas, sobre una alfombra profusamente decorada con motivos geométricos. Copas de tallo alto donde él escancia y ella apura. Un fin de semana, un amigo ocasional y varias botellas agotadas. Una excepción en la sensatez de su rutina, un cazador nocturno de cuyo nombre ni se acuerda y que se calza unos vaqueros y se echa a la calle a medio vestir, para conseguir otro reserva de un brut cuya variedad no sabría definir ahora; pero que supone que se ajustará de pleno a las preferencias de de esa chica espantosamente delgada, espantosamente alta que recién conoció hace tres noche. El cava del último encuentro ocasional en los labios ocasionalmente entreabiertos de Abril, aún subsiste en la inmediatez del recuerdo.Y no; no era aquél su cava. Evidentemente tampoco era ese cazador ocasional, el hombre de su primer encuentro. Nada en común con el reportero que la invitó a su tienda con tan solo dieciséis años. Nada que ver con él y con el aroma a fruta blanca de aquella lejana primera copa.Y por más que su duende se esfuerce en ocultárselo, ella es consciente de que ningún cava se corresponderá jamás con la textura de aquella copa, sumida en la adolescencia. Nunca más. 22 Pliegos de Rebotica 2020 Andrés Morales Rotger La joven del anuncio

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